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  • Mónica Muñoz Jiménez

¿Por qué nos cuesta tanto perdonar?

Una acción complicada, sobre todo cuando se trata de enfrentar a quien nos ha ofendido mucho



Todos hemos pasado por situaciones en las que alguien nos ha ofendido o bien, nosotros hemos dañado con nuestras acciones o palabras a algunas personas, a veces sin intención de lastimarlas, otras debido a malentendidos, pero al fin y al cabo, alguno de los involucrados ha manifestado incomodidad por dichos o hechos inferidos por otro individuo.

Estos comportamientos traen como consecuencia actitudes de enojo y, en el peor de los casos, de deseos de venganza, que, obviamente no dejan nada bueno a nadie, ya que ni siquiera el que se desquita siente satisfacción por mucho tiempo, por el contrario, luego de saciar su rencor, continúa sintiendo desasosiego y hasta arrepentimiento.


En el evangelio de San Mateo se narra un pasaje en el que Pedro le pregunta a nuestro Señor Jesucristo:


«Señor, ¿Cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?». Jesús le respondió: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete» (Mt 18,21-22).

Este pasaje tan conocido trae a colación el asunto del perdón que debe otorgarse a quien comete alguna injuria en contra de otro hermano. Pero cuando ese otro somos nosotros, es cuando nos cuesta demasiado entender que para el perdón no deben existir límites, pues para Dios no los hay.


Perdonar como perdonamos es la medida


Más aún: muchos de nosotros profesamos la fe católica y desde pequeños nos enseñaron a rezar la oración del Padre nuestro, y como pasa con muchos ritos de la Iglesia, repetimos sin pensar lo que aprendimos de memoria, sin profundizar en el sentido y significado de las palabras que salen de nuestra boca. Pero si verdaderamente analizáramos el contenido de esta bella y comprometedora forma de dirigirnos a Dios Padre, caeríamos en la cuenta de que nosotros mismos nos estamos condenando, pues le decimos al Señor que perdone nuestras ofensas de la misma manera como perdonamos a los que nos ofenden.


¿Eso no nos causa inquietud? Yo creo que sí tendríamos que preocuparnos, pues Dios toma muy en serio nuestras palabras. Por eso, Jesús se encargó de repetirnos que seamos cuidadosos cuando dijo:


«No juzguen, para no ser juzgados. Porque con el criterio con que ustedes juzguen se los juzgará, y la medida con que midan se usará para ustedes» (Mt 7,1-2).

Y del mismo modo, tenemos que aplicarnos a dejar de cargar rencores y viejas deudas, que nos son más que piedras pesadas que no nos dejan avanzar. Esas heridas que no dejamos que sanen y que en ocasiones hasta enfermedades nos provocan, deben quedar en el pasado. Porque sucede que, cuando el cerebro registra algún evento desagradable, pueden pasar años y solo el recordarlo provoca el mismo sentimiento, despierta emociones enterradas que nos hacen darnos cuenta de que aún están abiertas, pues no nos hemos dado la oportunidad de aliviarlas.


Se puede sanar y perdonar con la ayuda de Dios


Es muy posible que, debido al nivel de inseguridad que vivimos en nuestro país, la herida haya sido provocada por un evento dramático. En esos casos, solo Dios puede curar lo que sangra con tanta profusión. Un hijo desaparecido, una muerte violenta e inexplicable, que humanamente es imposible perdonar. El mismo Señor responde:


«Así, todo el que escucha las palabras que acabo de decir y las pone en práctica, puede compararse a un hombre sensato que edificó su casa sobre roca. Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa; pero esta no se derrumbó porque estaba construida sobre roca» (Mt 7,24-25).

Solo Dios puede sanarnos, pero es necesario que nosotros pongamos de nuestra parte pidiéndole que nos ayude a ver con sus divinos ojos lo que los nuestros no logran percibir. Todo tiene un porqué, ningún dolor pasa desapercibido para Dios, todo sufrimiento unido al de Cristo en la cruz tiene valor redentor. Pero hay que creerlo de corazón.


Dios nos ama y nos quiere libres de ataduras, pensemos en esto cada vez que el corazón y el cerebro recuerden algún daño amargo para que lo dejemos en manos de Dios. Él proveerá la salud espiritual que necesitemos para que renunciemos a cargar con rencores inútiles. Solo confiemos en que así será.

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